martes, 13 de noviembre de 2012

La última fiesta: la de los toros

Durante toda mi vida académica, desde los últimos cursos de primaria, hasta la Universidad (así, con mayúscula inicial, como si solo hubiera una, porque es más homogénea de lo que se podría pensar) he asistido, con bastante estupefacción por mi parte a la plasmación de la falta de ideas en educación (intentaré no hacer rimas mientras escribo en prosa, dejando mi alma de juglar para las tardes de circo) durante todas y cada una de esas etapas educativas. Cada vez que se creaba la posibilidad de establecer un debate surgía el mismo tema: toros sí, toros no. Como si le importaran a alguien los toros. Ah, ¿que sí le importan a alguien? No, me refiero a alguien de verdad, no a los que lo usen como bandera para definir el carácter español, como si solo hubiera uno, o a los que lo asumen como etiqueta para posicionarse contra otro, sea ese otro persona, animal o idea.

La oreja no se la he podido cortar todavía.
Por lo demás, estoy bien. 
A lo largo de esos años, me posicioné a favor y en contra, escuché las ideas sobre la creación de la raza que avalaban el derecho a maltratarla (argumento peregrino que reduce las posiciones ecologistas al exterminio, como si la lucha contra el sufrimiento innecesario no formara parte de sus postulados, o fuese una cuestión menor), la defensa del tradicionalismo frente al cambio y la innovación (tampoco se crucifica a la gente, ni se utiliza la cabeza de nadie para jugar a algo parecido al fútbol, las lapidaciones están restringidas a países en los que el presente sigue siendo el futuro para muchos de sus habitantes y un sinfín de costumbres que, gracias al progreso, han ido quedando atrás; un saludo desde aquí a todos aquellos que les gusta lanzar cabras desde los campanarios, porque sí), u otras razones o todas ellas mezcladas, relativas al arte, a la belleza, a la expresión de un sentimiento y una manera de ser. La última vez que hice un texto al respecto fue un trabajo en la Universitat de Barcelona, a cargo de una profesora que prefiero dejar en el anonimato (un saludo a Laura Canós Antonino y que conserve muchos años su puesto de profesora asociada). Muy amablemente, me aprobó el trabajo argumentativo, no sin advertirme que tuviera cuidado con el tipo de opiniones que volcaba en los textos. Desde aquí quiero agradecerle la oportunidad manifiesta a esa profesora anónima de aprender a leer entre líneas y darme la oportunidad de descubrir la posibilidad de no mojarme aunque me ofrezcan tirarme a la piscina.

Es por eso que en esta novela no encontraréis opiniones acerca del mundo de los toros, ni polemizaré sobre si a mí me parece bien la prohibición de una fiesta en una región del único país del mundo donde es legal (en Latinoamérica, aunque también lo sean las corridas, no se pueden matar los toros), no las encontraréis a nivel global, aunque sí se posicionen los personajes.

Cada uno puede opinar a favor o en contra de esta celebración y espero vuestros comentarios al respecto con un tema que no deja indiferente a nadie (espero que sin exabruptos) y así también, podáis ir intuyendo el por qué del título de la novela y de este modesto blog que no pretende herir ningún tipo de sensibilidad, aunque pudiera escoger con mayor criterio las fotos que utiliza para ilustrar los posts.


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Por cierto; esta es la profesora Laura Canós, que adjunto por si os queréis matricular en sus asignaturas. Mejor coged un tema diferente si os pide hacer un texto argumentativo, aunque no creo que a estas alturas siga pidiendo las mismas cosas, seguro que se prepara bastante las clases.