sábado, 10 de noviembre de 2012

El alcohol me hace ser yo mismo

¡Mira, un elefante rosa!
Cuando veo a los jovenzuelos alegremente sentados en un banco de una plaza, o en el césped durante las fiestas patronales de cualquier ciudad (el resto del año está prohibido, pero con una coherencia del todo legal), me planteo seriamente si el consumo de alcohol es fundamentalmente malo. Cerca de mi casa también existe un comedor social, y entonces me doy cuenta de que sí. Luego veo los anuncios de cerveza que hablan de la camaradería y de las esposas que acceden al consumo de sus maridos con total asentimiento desde su retiro maternal (tienen el pecho hinchado, así que seguramente siguen amamantando a sus criaturas con la misma mirada tierna con que contemplan las travesuras de sus maridos y sus amiguetes gracias a ese néctar de los dioses) y a continuación veo a un vecino que cada día, a primera hora de la mañana, siempre va al trabajo bebiéndose una lata de cerveza (a eso de las 8:30; un desayuno fuerte) y me imagino que su mujer no debe de estar demasiado contenta. 

Ahora estamos leyendo, pero ya
verás luego...
De estas dos visiones que son fácilmente observables en torno al fenómeno del alcohol, que nos lleva acompañando desde tiempos remotos, es fácilmente identificable cada una a un momento temporal, de esos difusos que se pierden entre la generalidad de una vida, pero en realidad muy certeros. La primera de las visiones, la positiva, la alegre, siempre corresponde al presente. La otra, la negativa, al futuro de los demás. 


El alcohol es un elemento cultural inherente a nuestra manera de ser. El abstemio, en España, es un apestado de la misma catadura moral que el alcohólico terminal. Y esa banalización que se establece desde el principio, ese principio que tiene mucho de proceso iniciático, de ver hasta dónde se aguanta, determina la manera de entender la vivencia del alcohol a lo largo de la vida. Si detectan, queridos lectores, algo de humor en mis palabras, es que me he equivocado. Ah, y no, no soy abstemio.

En mi novela he intentado tratar el alcohol como ese compañero de viaje que un día ya no apacigua, ni alegra, ni sedimenta emociones, sino que las exalta y las tergiversa, y se convierte en una amenaza a evitar en la que siempre se acaba cayendo. Por suerte, siempre no. Tampoco es un tema fundamental, pero sirve para catalogar de una manera más clara al personaje protagonista de la primera de las tres partes en las que está distribuida la novela.