viernes, 18 de enero de 2013

El trabajo de escribir (III): Internet

Usuario de internet navegando con una sola mano
En la época prehistórica, el sininternetozoico me parece que lo llamaban, los escritores eran auténticos pozos de sabiduría que atesoraban en su inteligencia una comprehensión (y también comprensión) del mundo que iba más allá de su don. A escribir bien le sumaban conocimientos en muchas y muy variadas disciplinas que englobaban arte, historia, geografía y un instinto por explicar aquello que interesaba al lector. 

De todo ello, lo único que resiste en estos tiempos cibernéticos es lo último. A veces, tan exacerbadamente, que con leer el título ya podrías no-cerrar (el libro que no has abierto) y pasar al siguiente. De hecho, algunos títulos (y no todos son suecos) ganan en longitud a los cuentos de Monterroso. Y el número de sus páginas ganan a las de la biblia, un libro construido mediante tradiciones seculares y sumadas a su vez a lo largo de siglos. O el Quijote. Y yo, que soy muy fan de Vila-Matas y su Historia abreviada de la literatura portátil, no entiendo cómo tal cosa no hace sonrojar a su autor. Pero este tema lo desarrollaré adecuadamente en otros posts. 

Por todo ello, tal vez el acceso al exceso no sea todo lo bueno que pueda parecer y antes, esos escritores que se podían contar con los dedos de una mano y que los servían a unos lectores que se podían contar con los dedos de los pies hablaban de lo cercano, o de lo lejano, pero de lo que conocían. Y como no tenían Internet podían pasarse el día leyendo y aprendiendo cosas de verdad, sin lidiar con la basura con la que cada día hay que bregar para poder encontrar un poco de luz en la red. Por eso, Internet es el pandemónium de la cultura, el acicate para experimentar y el clavo en el ataúd, el espejo de la libertad y también la represión que esconde la verdad entre un montón de mentiras. Internet es Beethoven y Bisbal, Ficciones y El método DukanCiudadano Kane y Las azafatas se abren de patas.