jueves, 3 de enero de 2013

Barcelona, la ciudad (in)habitable II

Hoy os hablaré de un rincón de Barcelona, pero también de un aroma, de una especie de sombra que recorre esta ciudad igual que al resto del país y que creíamos desterrada para siempre. Estamos empezando a descubrir, gracias a esta gente que está gastando la palabra democracia de tanto usarla, que hay cosas que no se pueden decir, que las leyes están para quien las hace y, si no, las cambia. Y que las ideas, algunas ideas, son perniciosas. Pensábamos que pensar era bueno y ahora resulta que va a ser que no.
Imagen otoñal del Parlament. Es en realidad el antiguo arsenal de
la Ciutadella levantado por Felipe V para alzar su poder sobre
toda Catalunya. Hoy en día continúa con su uso original.

A pocos días de ser elegido el nuevo Parlament, el líder de la CUP, el anónimo David Fernández, fue emitiendo comunicaciones que para muchos sonaban sorprendentes, puesto que no las habían oído en boca de ningún político, aunque en la calle fueran un clamor. Y no me refiero a esos comentarios populistas (o populares) que culpan a los extranjeros del mal estado del país, ni a la herencia recibida del gobierno anterior, cuando desde esos mismos lugares ideológicos siempre se niega el derecho a hablar de cualquier herencia que sea anterior a la anterior... Bueno, no me quiero liar.

Pues bien, David Fernández, este sí, un ciudadano, dijo que mucho de lo que pasaba en Catalunya, era culpa de los antidisturbios (la Brimo, dice, la Brigada Mòvil). Pataleos en el Parlament, caras de disgusto, qué dice este tío, ya han llegado aquí los asamblearios a tocarnos las pelotas y un sinfín de comentarios que se podían leer en las caras de disgusto de los asistentes, que no eran todos, claro. Estarían de comisiones, o en sus respectivas ocupaciones que seguramente sean más importantes que servir a quienes les han votado.

Más tarde, los tres diputados de la CUP, ellos solos, todavía no han hecho amigos entre el gremio, se fueron a tomar un café en un bar aledaño, por la zona del Parc de la Ciutadella. Al poco rato, empezaron a entrar mossos uniformados, primero unos cuantos, luego unos pocos más, hasta sumar un grupo numeroso para un bar. Demasiado numeroso para un día sin manifestaciones, sin convocatorias de huelga, sin movilizaciones ante el Parlament. A parte de que no estaban en el Parlament. No parece raro en este país, tan dado a los bares, que un policía uniformado pase un tiempo de trabajo en su interior, incluso que se tome una caña, aunque no deba beber alcohol estando de servicio (¿hacen control antidoping a los antidisturbios, tras alguna de sus refriegas?). Tras un rato de incomodidad los diputados de la CUP intentaron seguir adelante con sus conversaciones. Ya comprendían que aquello no era del todo normal y, poco a poco, el silencio se fue imponiendo y se afanaron en acabarse el café y salir de allí a cualquier lugar donde hubiera un poco más de aire. Se palpaban el móvil en los bolsillos interiores de las chaquetas. ¿Para qué? ¿A quién llamar si la cosa se ponía fea? Pero no, hombre, estamos en un estado de derecho, con garantías constitucionales. Esto no es Siracusa o Corleone, o cualquier aldea del interior de Córcega. ¿O sí?

Antes de que pudieran salir de allí, vieron cómo los policías uniformados se iban, no sin antes dedicarles miradas insistentes. No podían decir que lo hicieran con menosprecio, o con ira. Pero algo de eso debían contener. 

A pesar de todo, su marcha les tranquilizó y siguieron un rato en el interior del bar, aliviados. Al fin y al cabo, sí que estaban en un país civilizado y no conseguirían amedrentarlos. Porque, ¿era eso lo que querían? Salieron a la calle y entonces encontraron la respuesta. Allí fuera permanecían estacionadas dos furgones de los antidisturbios, con sus integrantes en el exterior. Los de la CUP hicieron como si nada y, pese a la sorpresa, siguieron caminando como si la cosa no fuera con ellos.  Pero los policías fueron a su encuentro y los rodearon, impidiéndoles el paso. Las manos, sudorosas, se aferraron a los inútiles móviles aún un último momento, mientras uno de ellos, que podía ser un mando, se dirigió hacia los diputados:

-La culpa de todo lo que pasa en este país, la tiene gente como vosotros. -Y luego, reiteró con el índice señalando al suelo-: La culpa es vuestra.

Os explico esto porque los últimos acontecimientos empujan a pensar en que los derechos democráticos están cercenados y parece, desde Barcelona, que en Madrid lo están más. No creo que allí estén mejor ni peor, sinceramente, simplemente creo que la apariencia de desigualdad se atiza en ambas direcciones con el objetivo (no parece muy calculado; tal vez sí, en realidad lleva funcionando siglos) de cabrear a los ciudadanos entre sí y no con quien de verdad se deberían cabrear, que es con los ineptos que no saben salir del embrollo en el que estamos metidos. Esto, que no asciende de simple anécdota porque no pasó a mayores, es indicativo de un país que funciona a golpe de influencia, que señala y condena, un país de comisiones tan extendidas que calificarlas de ilegales parece un anacronismo, un país tan convencido de que todos lo hacen (lo de robar, lo de amedrentar, lo de aprovecharse del cargo, lo de imponer el poder a territorios que no le conciernen), que parece que eso mismo funciona como excusa. Un país que vive en una Omertá que no se ha roto lo suficiente (Maragall, no sabemos si en un primer atisbo de insania destapó lo del "3 per cent" en el Parlament) y que torpedea la política como inútil y reverencia siempre la opción "menos mala", aunque eso sea infame. Un país que tolera que los (ex)políticos cobren réditos por sus servicios prestados a compañías privadas en forma de salarios por no hacer nada. Un país que tolera que sus representantes hagan servicio de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado en beneficio propio, que se multipliquen en según qué manifestaciones y hagan una aparición prácticamente testimonial en otras. Un país que cada vez es más de pandereta. Y esta ciudad, Barcelona, lo mismo. O peor.