lunes, 11 de febrero de 2013

La ciudad (in)habitable IV: La crisis

Cortesía de serbarrendero.blogspot.com
Cómo no hablar de la crisis en estos tiempos que corren, verdad? También podría hablar de Lance Armstrong, pero debería reprimir las arcadas. O de la operación puerto, que es otra muestra más de lo penoso de la justicia de nuestro país, pero perdería el conocimiento al recordar la imagen del guardia civil sacando bolsas de sangre de una caja de cartón. ¿Sigue teniendo clientes ese carnicero llamado Eufemiano Fuentes? Supongo que los deportistas profesionales no tendrán tele... Ni los del comité ético del Colegio de Médicos, si es que existe tal departamento, puesto que el señor Fuentes (inocente hasta que se demuestre lo contrario, ¡en cajas de cartón!), sigue ejerciendo.

En fin, después de esta pequeña digresión os hablaré de manera anecdótica de un suceso acaecido en esta fascinante y cosmopolita ciudad que es Barcelona, una ciudad completamente (in)habitable. Paseaba por la zona del Port Vell, por uno de esos lugares en los que la ciudad comienza a desvanecerse entre calles amplias que no conducen a ningún lugar, túneles que desaparecen bajo la montaña (màgica, claro, como no podía ser de otra manera en esa Barcelona de cuento) y edificios semiabandonados, con gasas macilentas en sus ventanas sin cristales y tiznes negros de carbonilla en las paredes. Antes de llegar al encajonamiento que provoca la montaña de Montjuich y el mar, el Poble Séc termina poco después de las tres Torres, otras tres torres que convierten a Barcelona en una ciudad capicúa. Pues por ese lugar, la ciudad vieja todavía tiene prevalencia y los edificios construidos la pertenecen, vinculando el asentamiento de la ciudad a la llanura junto a la montaña que proveía de piedra para construir, como muy bien se puede leer en ese bodrio llamado "La Catedral del Mar".

Bien, pues iba yo admirando las primeras estribaciones de la vegetación, y la larga recta que asciende a la montaña por aquel lugar, cuando diviso por el final del paseo a uno de esos trabajadores de Barcelona Neta que se distinguen por su traje fosforito, a la vez homenaje y orgullo de una profesión. Curiosamente, el personaje parecía no mover los pies al desplazarse, cual monje tibetano en estado de conjunción con el cosmos que levita y se desplaza sin esfuerzo por el espacio. Al acercarse más puedo por fin discernir el acontecimiento. Descubro, atónito, que la señora barrendera (ahora distingo que es mujer) se desplaza en Segway. Intento no mirar demasiado, como cuando te cruzas con un borracho o con un quemado y primero te horrorizas, luego finges que no te has horrorizado con la vista puesta en otro lado, luego vuelves a mirar para comprobar que lo que has visto es cierto y que, además, eres capaz de mirarlo como a cualquier otra persona que pasea por la calle. En ese instante mis ojos se cruzaron con los de ella y me di cuenta de que no, no era capaz. No pude aguantar su mirada. Un Segway. Qué puentes no construirán, o qué fórums no se les antojará celebrar si los barrenderos se desplazan en Segway... Pocas cárceles tenemos en este país para esta gentuza sin escrúpulos que nos gobierna.