miércoles, 5 de diciembre de 2012

Barcelona, la ciudad (in)habitable I

Skyline imaginado. Faltan el sol y la paela.
Barcelona tiene una importancia relativa en La última fiesta. Es la ciudad en la que viven los personajes y en la que se desencadenan los hechos que han empezado en otros lugares tan distantes como la Costa del Sol, Islandia o Afganistán. Su aparición está vinculada al viaje a la gran ciudad, a la Barcelona turística que se visita, pero también a la ciudad que acoge la emigración en los años 70, la niña mala del franquismo, donde existía un ápice de libertad o de travesura que no acababa de llegar a rebeldía y que en el resto del país ni llegaba siquiera a atisbarse. Pero Barcelona es también un lugar de paso, un hogar transitorio en el que hacerse un hueco hasta encontrar el lugar definitivo. Una macrociudad que devora, cuyas cuestas empujan hacia el mar, ya no tan sucio como antaño pero tampoco sano. 
En mi experiencia de habitante disgustado durante años, de niño del extrarradio y de visitante hastiado de las colas del centro, la ciudad adolece de muchos de los defectos de las grandes conurbaciones, exagerados en ella hasta límites inauditos al comprobar la diferencia entre los lugares frecuentados por el turismo de masas y los barrios donde viven sus habitantes. "La ciutat de les persones" que reza el marketing institucional que pagamos entre todos y nunca he sabido para qué sirve, debería matizarse y concretarse en "les persones" que vienen aquí a gastarse la pasta. Qué saca la ciudad de todo esto, es una pregunta que deberían hacerse los que siempre tienen a punto el sintagma "La marca Barcelona".
Quema del Convento de las Escolapias, durante la Setmana Tràgica.
Pero también hay una parte que me gusta, que de vez en cuando me reconforta y que relativiza mi desprecio. Barcelona es también una ciudad de rincones perdidos, de barrios de gente y monumentos de historia humilde, anecdóticos o de heroica mínima. Vivo en Camp de l'Arpa, un barrio de calles estrechas que supo poner freno a ese monstruo cuadriculado y ruidoso que es el Ensanche (no entiendo las sucesivas reivindicaciones acerca de su instigador y de los que lo construyeron: desde aquí quiero dejar claro que el Ensanche, l'Eixample o como lo queráis llamar, es un monstruo). Las expropiaciones se encontraron con la resistencia vecinal allá por los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX y que conserva un encanto menesteroso, de tiendas abiertas (gestionadas por inmigrantes en su mayoría) y vecinos hablando en mitad de la calle que deben subir a la acera en las pocas ocasiones en que un coche pasa. Un barrio trabajador de noches desérticas y fiestas pobladas, de mañanas de barra de pan y tardes de castañas, de familias y okupas y huertos vecinales autogestionados. Un barrio con personalidad y que puso freno a un Ensanche que, de otro modo, quién sabe si hubiese llegado hasta Zaragoza.