jueves, 9 de enero de 2014

Minucias

Bio ahora es Activia
Estaba yo pensando, cosa que trato de hacer habitualmente para no perder el hábito, en las pequeñas cosas que se han ido modificando a lo largo de mi vida. Y entre esos recuerdos, aparecieron aquellos yogures de la infancia, cremosos, de un sabor suave e intenso. Danone, eran; este es mi blog y creo que puedo decir lo que me venga en gana. Eran, la verdad, realmente buenos, o al menos así los recuerdo yo, con su desnudo etiquetado en blanco y azul, sin cartonaje, en agrupaciones de a cuatro. Luego, a cierta altura de la adolescencia, aparecieron los Bio, con su característico verde intenso, que al principio asustaba un poco, un color ciertamente agresivo para el envoltorio de un yogur. Y los yogures de siempre, empezaron a asemejarse poco a poco a algo muy similar a una puta mierda. El gusto empezó a desvanecerse, el suero fue aumentando paulatinamente su presencia hasta dejar de ser ese traguito gustoso previo al primer ataque de la cuchara para convertirse en un problemón si no tenías un desagüe cerca. 

Entonces pensé que tal vez, en su afán investigador, los ingenieros químicos de la conocida marca de yogures (es Danone, por si os habíais perdido antes), tal vez no descubrieron un producto mejor, una nueva bacteria que digería mejor la lactosa y transformaba la leche en yogur con una sabiduría y un estilo nunca vistos con anterioridad, sino que habían descubierto una que lo hacía peor pero más barato, aumentando en gran cantidad el peso final del producto aun a costa de aguarlo y, simplemente, cambiaron el envoltorio del producto primero y pusieron el nuevo con la etiqueta de uno que ya tenían, el único, su producto, El Yogur. Y para darle empaque, tradujeron el nombre de lo que ya fabricaban: lactobacilus bifidus. Pero no, seguro que no fue así.

Más adelante, con algunos años más en el zurrón, paseaba por alguna de esas ciudades castellanas rodeadas de llano y me preguntaba por qué coño se dedicaban a construir a cinco o diez quilómetros del centro si a quinientos metros había unos solares estupendos esperando que entrasen las excavadoras. Me decía si no sería un tic de gran ciudad, con urbanizaciones a cierta distancia en las que obligatoriamente has de tomar el coche hasta para ir al lavabo.Y alguien me tuvo que explicar que construían así, de fuera hacia adentro, porque en tal caso eran esos pisos del extrarradio los que marcaban el mínimo. Por aquel entonces, el concejal de urbanismo era primo del que construía, claro, así no venía nadie a los tres meses de iniciar las obras en el quinto pino y levantaba otras al ladito del Corte Inglés. 

En fin, que lo de las preferentes no se inventó ayer y Urdangarín no habría hecho nada si no fuera por esos correos infames que violentaban la confianza de una Grande de España, los contratos en negro de hasta sí mismo y el desvío de unas mínimas decenas de millones de euros a paraísos fiscales. En realidad, al trullo no tendría que ir el que pone un precio exorbitado a una mierda (no querría yo ver a Ágata Ruiz de la Prada en prisión, desde luego; como mucho, en arresto domiciliario), sino al que compra una mierda con un dinero que no es suyo. Vaya, que me ha dado hoy por pensar en las intrincadas minucias del gato por liebre.  

martes, 31 de diciembre de 2013

Holocausto

Jan Karski, sin las cicatrices en la cara por la tortura a la que
 lo sometió la Gestapo
Con un título tan demoledor, simplemente me gustaría establecer una reflexión sobre el papel del arte, un ladrillo más (espero que no literalmente) en la eterna reivindicación del arte como modificador del comportamiento humano o simplemente la manifestación externa de ese comportamiento. En el caso de la escritura, que es el único arte al que  pretendo acercarme como autor, la línea que separa la creación pura de la mera descripción, el Arte de la artesanía, resulta siempre de una finura casi inaprensible, hasta el punto de que la realidad de los hechos llega a carecer por completo de importancia. 

Una de mis últimas lecturas ha sido la explicación del papel de la Resistencia polaca durante la ocupación nazi por parte de uno de sus protagonistas, Jan Karski. El paseo por sus páginas ha resultado ser apasionante, asistiendo a hechos que solo pueden ser fruto de la realidad, contados con un estilo sencillo y a la vez terriblemente certero. Se le concede ser el primero en dar a conocer ante el mundo las atrocidades del ejército de Hitler y en atribuir la culpa, aunque fuese someramente, a todo el pueblo alemán, por acción o por omisión y, un poquito, al resto de potencias aliadas, que si no entraban a pararle los pies a Hitler, debía ser por desconocimiento de sus acciones. Quien en 1942, en Europa, ignorase esas acciones es que no ponía mucho de su parte.

Hay dos capítulos de los más de treinta con que cuenta la obra, en los que Jan Karski se detiene a describir la vida en el gueto de Varsovia y la manera como se ejecutaba la solución final. Nunca, en la infinidad de películas sobre el holocausto judío, he podido identificar esa manera tan cruda, tan brutal, tan espeluznante. El campo de concentración era el de Belzec, aunque en las notas se dice que tal vez fue un error y el campo era otro cercano, Sobibor o Treblinka. En cualquier caso, en aquel campo los alemanes se habían ahorrado incluso la instalación de hornos crematorios o cámaras de gas. El campo estaba en un descampado cuyos barracones estarían preparados para albergar a unas 1.500 personas. Karski afirma que el día que él se infiltró debía de haber más de 4.000. Los judíos (y también zíngaros, como dice Karski) que pasaban unos tres o cuatro días en el campo, no habían recibido ningún tipo de agua o comida durante ese tiempo. Algunos cadáveres se repartían entre el fango. De repente, a cierta hora de la mañana, el comandante del campo reclamaba mediante la estridente megafonía a los judíos que se aprestaran a subir al tren, al que se accedía por un pasillo entre la alambrada, custodiado por diferentes guardias y perros. A parte de las palabras, que prometían un traslado a un campo en mejores condiciones, también se realizaban disparos, que al ser lanzados hacia la multitud, siempre encontraban carne donde morder y la azotaban como si de una marea humana se tratase. Los judíos se amontonaban y se apretaban, corrían por el pasillo hasta llegar a las puertas del tren, donde los alemanes les volvían a disparar para que refrenasen en cierta medida sus ansias y nadie se fugase. Los vagones, con una capacidad para unas 40 personas de pie, llegarían a albergar entre 120 y 130. El proceso duraba horas, puesto que el tren era el más grande que Karski había contemplado jamás, con más de 50 vagones. El número de víctimas resulta aterrador si uno se pone a multiplicar. Por vagones, por días, por meses, por años... Las puertas se cerraban entonces sobre los miembros de los que habían subido los últimos. Afuera, decenas de víctimas yacían inertes, a medio camino del convoy letal, por disparos, por asfixia o pisotones, por debilidad acumulada. 

La crueldad culminaba ya en la oscuridad del interior, impregnado cuidadosamente con cal viva. Cuando el hacinamiento empezaba a subir la temperatura y la humedad del sudor y la carne entraba en contacto con la cal viva, esta empezaba a hervir. El convoy avanzaba lentamente, sin prisa, unos 130 o 140 kms, hasta llegar a ningún sitio en mitad de la llanura polaca. Tres o cuatro días después, otros destacamentos de judíos, estos sanos y jóvenes, los pocos que quedarían ya, vaciaban los vagones. En el interior no debía quedar ya más que carne en descomposición mezclada con los harapos. Todo ese amasijo lo enterraban en grandes zanjas que iban cambiando a medida que se llenaban.  

Nada, de lo visto o leído por mí hasta ahora, supera esta narración de los hechos. 

Y mi duda, en estos momentos, y a la luz del testimonio de Karski, de la dificultad de que la narración de unos hechos tan atroces, que no sólo buscaban el exterminio, sino la desnaturalización de todo un pueblo, la deshumanización de una raza (¿es una raza, el pueblo judío? ¿El judaísmo no atañe a las costumbres religiosas?), es si quedará su testimonio en los siglos venideros, si algún día, cuando yo le explique esto a mis hijos, no lo escucharán con el mismo sano escepticismo de quien vive confortablemente y piensa que el otro exagera.  

Por otra parte, no hay mayor reflejo de la determinación de ese exterminio que un episodio que aparece en la película de Polanski sobre el best-seller del pianista Szpilman. Un oficial de las SS, enfadado, con un mal día, obliga a una serie de trabajadores a tumbarse en el suelo. Luego los va aniquilando uno a uno de un disparo en la cabeza. El último, hace tiempo que sabe la suerte que correrá, pero además, cuando llega hasta él, escucha el disparo metálico y el cargador se ha vaciado. Tranquilamente, el oficial saca uno nuevo de su cinturón, retira el gastado, repone el nuevo, carga y dispara. Esos segundos, con la cara del nazi concentrado en acabar su acción, resultan de una inquietud extrema, mientras abajo, el judío espera su momento y los que quedan, sumidos en el dolor y la duda de si serán los siguientes, sienten la terrible culpa que explicaba Primo Levi, de no haber hecho nada, de desear la vida propia por encima de todas las cosas, en un acto egoísta que define al hombre mejor que cualquier otra cosa.

Deseo, en este último día del año 2013, que nunca se olviden las lecciones de la historia. 




jueves, 3 de octubre de 2013

La duda

Valverde, tercero en la vuelta 2013
El otro día sucedió el Campeonato del Mundo de ciclismo, una prueba de un día que cada año se disputa en una ciudad. Normalmente de renombre. Al año que viene, en principio, Ponferrada. Esta prueba que pretende disputarle el honor de escoger al mejor ciclista del año al Tour de Francia (y no lo consigue, claro) es una clásica en el estricto significado de la palabra. Las clásicas son pruebas de un día disputadas sobre un kilometraje extraordinario y con recorridos que no destacan por la dureza de las montañas que se suben (más bien al contrario). Pues bien, en esas pruebas de un día, es donde uno puede disfrutar al máximo del ciclismo. En el tour no existe la duda: gana el más fuerte. En las clásicas, hay que tener mucha convicción para ganar, ser el más listo y acertar con el ataque en el momento adecuado. Una mala noche, un exceso de victorias anteriores y por tanto, de confianza, la falta de comida, un pinchazo, una caída... todo eso parece que convierte la victoria en puro azar. Nada más lejos de la realidad. 
Valverde, tercero en la Lieja-Bastoña-Lieja
En ese campeonato pasado, ocurrido el domingo en la bella Florencia, además, se da el hecho de que se disputa bajo selecciones. No hay equipos comerciales, aunque cada uno lleva el nombre del equipo en el culotte y cada año suele haber polémicas cuando ciertas selecciones se amparan en otras cuyo único vínculo es que algún corredor comparte equipo comercial. Bueno, pues el domingo pasado sucedió un hecho que pocas veces se suele dar: entre cuatro corredores que disputaron la carrera al final, había dos de la misma selección. Y el que ganó fue un tercero. Obviamente, eso no puede suceder, a no ser que haya una subida durísima y el otro demuestre ser el más fuerte. 
No fue el caso. Mientras por delante iba el ciclista que rompió la carrera, castigado ya por su esfuerzo, pero todavía lo suficientemente entero como para defender su renta con uñas y dientes, por detrás el compañero solo se debía ocupar de controlar a los otros dos, de ponerse a su rueda (mucho menos desgaste físico, aclaro para los no iniciados en las artes del ciclismo). Pero hete aquí que llega una curva, un poco húmeda (había llovido todo el día y sólo al final salió tímidamente el sol), y el tercero, el menos favorito arranca justo antes, sentado, sin dar un fuerte hachazo. Y en esa curva coge 5 metros. Y el que lleva el compañero delante duda, espera a la rueda del otro enemigo, ya cansado, que sabe que la obligación del que le sigue es controlar y saltar. Pero la duda le atenaza el cerebro, obstruido no por las pulsaciones, sino por las consignas repetidas mil y una veces (a rueda, a rueda, que no se te escape Nibali, contrólalo, hazte un palmarés, el Tour es lo primero...) durante toda una carrera profesional, a veces pasando por encima de su propio talento, de su instinto ya perdido para las pruebas de un día, su velocidad en el esprint y entonces, los esquemas básicos del ciclismo se rompen. Los 5 metros tras la curva se han convertido en 20, en 30. Y ahora se da cuenta del error. Pero han pasado 5 segundos y es demasiado tarde. Llevas 270 kms en las piernas y una vida luchando por quedar tercero en el tour... Tuyo es el bronce, Alejandro.

Valverde, tercero en el Campeonato del
Mundo 2013

martes, 17 de septiembre de 2013

Una biografía y una novela: Gore Vidal

En los últimos tiempos he tropezado (y digo tropezado porque así es como uno va descubriendo autores, libros, poemas...) con dos obras del escritor estadounidense Gore Vidal. La primera fue su autobiografía, escrita bajo el título de Una Memoria. Con ese título se expone a las claras lo que en sus páginas destila: posicionamiento, opinión, personalidad. La suya, la de alguien que se acercó a los grandes momentos culturales y políticos de su época con una mirada sagaz y casi siempre crítica. El único libro en el que se dice que Kennedy fue un megalómano que en muchas ocasiones pensaba más en su polla que en el país. Incluso se dice también que de no ser por las buenas maneras y la comprensión de Krushev, el holocausto nuclear hubiera sido una muesca más, tal vez la última, en la estúpida historia del siglo XX.
Gore Vidal a los 21 años. En Antigua (Guatemala)
escribió con voracidad

La otra es su monumental novela Creación, la historia del nieto de Zoroastro, Ciro Espitama. en el olvidado y denostado Imperio Persa, azote de los griegos, dominador de Egipto, Babilonia, y todo el Asia occidental. En ella, la novela toma la forma del testimonio biográfico, donde el joven Demócrito, sobrino griego del decrépito y ya ciego Ciro Espitama, toma nota punto por punto de las digresiones narrativas, de las historias vividas en Catay (la China Imperial) y la India como embajador del Gran rey Darío y la grandeza de aquellos lugares frente al sencillo y falso mundo griego. La voz del joven Demócrito aparece en dos ocasiones, muy cerca del final, para denunciar las irregularidades y las incoherencias de una mente despierta, la de su tío, que asegura estar dictando sus notas. Pero ante todo, como en el caso de la autobiografía, Gore Vidal alerta al mundo de una verdad desconocida, la pervivencia de una historia que sólo resiste por la importancia del presente, por la necesidad de Occidente de forjar una leyenda de tradición secular: el Imperio Persa estaba muy por encima del griego y no sólo en cuanto a poderío militar.

Mediante estos dos ejemplos pretendo ilustrar ese gran hallazgo llamado novela y que no es más que un cajón desastre en el que todo tiene validez: desde la biografía apócrifa, hasta el testimonio de un hallazgo, y cómo, los propios géneros aledaños (qué es la vida sino una novela-río) también la alimentan. En su biografía, Gore Vidal, ya convertido en el viejo Ciro Espitama en los que supone sus últimos días, escribe su historia, a veces con orgullo, a veces con cierto pudor, pero siempre desde su perspectiva, sin callarse opiniones que podrían considerarse dolorosas para los afectados. Tampoco se calla el resentimiento para con alguno de ellos, de manera que la escritura se muestra como lo que es en muchos casos: una terapia, un mecanismo, un modo de vida. Se podría decir que Gore Vidal sólo existe cuando escribe, como si la pulsión cartesiana de la vida se concentrara en esta actividad artesanal, la forma que impone el pensamiento, la estética que marca la ideología… Para Gore Vidal, la línea que separa realidad y ficción es casi inexistente, apuntalada por la pequeña anécdota de que los personajes sean inventados o hayan existido. Pero, en realidad, ¿qué importa eso?

lunes, 5 de agosto de 2013

Un post ligerito: Twitter

Esta red social se basa, por si alguien no lo sabía, en la limitación a escribir historias que no duren más de 140 caracteres. En realidad, no voy a hablar en exceso de Twitter, puesto que todavía, pese a ser un usuario habitual, desconozco muchas cosas del medio. Pero desde que lo uso, me siento más enterado de lo que pasa. De hecho, hay muchas cosas que sólo pasan en Twitter. Y si no, que se lo digan a Nacho Vigalondo.

La fórmula no es nueva. Ya existe un antiguo dicho que reza que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pero es que además, los informativos, con su pretensión de llenar espacios de media hora, ya afrontan las noticias con esa máxima grabada a fuego en sus prompters. Y claro, la mayoría de noticias parecen construidas con la voluntad de explicárselas a un niño de seis años. Acompañadas del material audiovisual de Freddy Krueger, claro. En los últimos tiempos y cada vez más, vistos los titulares, visto el informativo.

Es por ello, que en este siglo XXI, la necesidad de reinventarnos, de tirar de una sociedad que en los sueños utópicos de aquella adolescencia ochentera, se llenaba de coches flotantes, ciudades sin humo o cubiertas con una cúpula de cristal para aislarlas de la dañina atmósfera exterior (en esto último no nos hemos quedado muy lejos), un orden en el que la justicia imperaba, se convierten en necesarios. Una sociedad, en definitiva, superior. Pero, ¿lo es, superior, esa sociedad que muchos han dado en llamar la sociedad de la información? En un tiempo en que la culpa de todo la tiene el pueblo ("todos somos responsables", ¿recordáis?), el periodismo y la cultura están en crisis, puestas en jaque por las nuevas tecnologías, el acceso infinito y gratis que otorga el consumado demonio del nuevo milenio: internet. Yo desde twitter, he podido acceder a varios ejemplos de que el periodismo no está en crisis por las nuevas tecnologías, sino porque, igual que ocurre en la sociedad, muchos de los prestigios están erigidos sobre malas artes, sobre una manera de actuar un tanto mafiosa que pretende convertir en verdad única sus postulados. Desde el Tytadine de "El Mundo", pasando por estos dos ejemplos que provienen del mundo del deporte. Como Urdangarín, como los pelotazos inmobiliarios que pagamos entre todos a cargo de las arcas públicas (Madrid 2020 y las promesas de seguirse forrando para los faraones del ladrillo no es más que el enésimo episodio). Estos dos ejemplos tienen que ver con el plagio indiscriminado de información de internet (entre este artículo del mundo y este de ciclismo2005, un referente en información alternativa), no se han molestado ni en escoger una imagen diferente.

A estas alturas de la vida, consumidos trece años del nuevo milenio, lo hacemos todo igual, pero virtualmente. La gente se enamora virtualmente (aunque luego se toquen de verdad), se hace tu follower, te añade a su círculo de amigos de facebook y te hace sucesivamente megustas aunque no os veáis jamás (ni vayáis a hacerlo). Las imágenes en los informativos siguen siendo las mismas. Y cuando digo las mismas, me refiero a que se repiten con las de antaño, cuando teníamos dos cadenas y anhelábamos la libertad televisiva, pero también a que son las mismas en TODOS LOS INFORMATIVOS. Cuando eso no pasa, la noticia que dan es tan mierda que no importa: un futbolista se ha depilado el entrecejo, en Inglaterra han vuelto a hacer una carrera bajando una montaña detrás de un queso (un saludo a Gloucester) o... Perdón, no, estas saldrían en todos los informativos. No, creo que no hay. Bueno sí, depende de lo que den en su cadena. Si fichas a la fórmula 1, los deportes se llenan de bólidos; si fichas a las motos, lo mismo; si das ciclismo, pues ni aun así, a no ser que haya dopaje. Y el resto, pues exactamente igual, pero con otras palabras. Ahí sí que varía la cosa bastante.

Y para que no os sintáis defraudados por un post ausente por completo de información, os diré que el Bárcenas todavía no ha sido indultado.

martes, 25 de junio de 2013

Muertes estúpidas

No quiero hacer una sucesión de ellas, ya que en internet están todas pormenorizadas, ordenadas de mayor a menor estupidez, cronológicamente, o por edad del protagonista, como ustedes prefieran. Pero estaba leyendo Creación, de Gore Vidal, y pensaba en lo oportuno de ir componiendo novelas con pequeñas historias, o la habilidad de Cervantes para convertir algunos cuentos de las mil y una noches en las anécdotas que llenan la mejor novela que tal vez se escriba jamás. 

Tal vez fuese Esquilo quien inaugurase este apartado, en lo que a personajes notables se refiere. Cuenta Gore Vidal en esa novela, que Esquilo, retirado de la vida pública de su Atenas del alma, entregada ya para siempre a su rival Sófocles, para vivir en el Beautus Ille de Sicilia, paseaba tranquilamente bajo un sol ameno cuando un águila, ávida de sangre, sobrevolaba la zona. El águila tenía una vista extraordinaria para la caza y pronto encontró una tortuga por los alrededores. Esquilo, ajeno a todos estos preparativos, paseaba su calva, cada vez más brillante bajo el sol mediterráneo, que con el tiempo y según en qué época del año deja de ser ameno. El águila se preocupó entonces de buscar una buena piedra sobre la que soltar su presa para resquebrajar tan sólido caparazón y ahí es donde Esquilo se encontró con su mala fortuna: su redonda calva fue confundida por el ave rapaz con una hermosa y redonda piedra. Y todo el mundo sabe que las águilas tienen una estupenda puntería.

Mansfield peinándose
También Javier Marías dedica varias líneas de su trilogía a describir ejemplos de muertes estúpidas, sobre todo la de la rubia star del Hollywood dorado Jayne Mansfield.  El coche que conducía su último amante tuvo un accidente de tráfico y se fue a empotrar bajo un camión que circulaba a una velocidad muy inferior. La mala suerte hizo que en el accidente Mansfield chocara con la cabeza y perdiera el cuero cabelludo. Pese a la belleza que la caracterizó en vida, Mansfield resultó un cadáver verdaderamente horrendo. 

Y son todas esas pequeñas historias, las anécdotas que conducen a una vida y van haciendo pasar de un asunto a otro con la sutileza que conceden los días, los meses, las estaciones, las celebraciones sociales, las que hacen de la novela un trasunto de la vida, una manera como cualquier otra de acumular experiencias; de llenar la vida de hechos que nos hagan creer que hemos aprovechado el breve paso por el planeta. Por eso, cabe decir que a este gobierno debemos estarle muy agradecidos, porque en los dos años que lleva, nos está haciendo vivir mucho. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

El jardín colgante

Foto de la portada. Un terruño árido a la deriva con gente
encima tomando el sol. ¿Qué país es?
Esta semana he empezado (y acabado) El jardín colgante, premio Biblioteca Breve del año pasado y escrito por Javier Calvo, un escritor bregado en el mundo editorial a base de traducciones, correcciones y trabajo arduo y a menudo oscuro. Y mientras iba leyendo, pensaba en la valentía de premiar a un autor joven, con una cartera de novelas a sus espaldas decente, pero no extensa, y una obra complicada, por su trama y por su temática. Hace poco publicaron el premio Biblioteca Breve de este año y todo lo dicho anteriormente se hace añicos, se vuelve espuma, se lo lleva el viento.

Y pensaba, a la luz de ese libro luminoso, en la poca importancia que posee un escritor (un escritor que sólo escriba, claro), hoy en día. Porque en la novela de Calvo existe la convicción de que la transición fue una parodia inventada por los que gobernaban para que pareciese que las cosas no se logran sin esfuerzo. Y que, para un poder que empezaba a diluirse entre corporaciones públicas, nuevos ministerios, oficinas desoladas en viejos palacios y advenedizos de traje y chaqueta, los militares debían garantizar su presencia en el futuro. 

Y bajo este enfoque, una obra premiada, de una editorial tradicionalmente influyente, que en este caso no se deja llevar por una tradición, un nombre, sino que premia a un autor por la simple valía de su obra, resulta que el libro no provoca un cataclismo como el del meteorito de Sallent y la gente empieza a hablar del truño que fue la transición española. Claro, me diréis, hace tiempo que ese runrún corre entre los enteradillos de la política, en los momentos álgidos de ciertas tertulias... Sí, tal vez, pero no ha sido por el libro de Javier Calvo. Tal vez por la pinza PP-PSOE para que el rey abdique, o por la posibilidad de decir cosas hasta ahora completamente prohibidas que se abre tras el cese de la violencia etarra, pero no por el libro de Javier Calvo. Por cierto, una experiencia extraordinaria.

Y todo esto lo digo porque en el proceso de banalización de la sociedad, seguimos con nuevas cantinelas que vienen a ocupar los puestos de las de antaño. El periodismo está en crisis, el libro está en crisis. Cuando es más difícil encontrar un e-book legal que uno pirata, tal vez sea importante conocer en manos de quién está la cultura, de quién lo ha estado siempre. Se me ocurre, por perder el tiempo, claro, es a lo que me dedico, que quizás la preocupación no esté en esos autores que se van a quedar sin publicar, o esas editoriales y medios impresos en general que hacen Eres (si es que todavía se llaman así; en neolengua rajoyniana igual es Regulación Temporal Necesaria del Putadón de Trabajar) y empiezan a vivir una situación difícil. Quizás el problema (para ellos) sea darse cuenta de que ya no controlan, no crean opinión, los mecanismos de la manipulación se vuelven antojadizos y a veces no responden a la lógica. Por eso la educación ha ido sufriendo nueva ley por legislatura y por eso el periodismo y la edición de libros está en crisis. Porque el tiempo vuela y los dinosaurios perecen, incluso en los sueños actualizados de Monterroso.

Leed El jardín colgante, amiguitos, trasunto de esa España que cambia, que siempre se aguanta con pinzas sobre una cuerda deshilachada de la (Eu)ropa en un día tormentoso. Cambiad atentados terroristas por desahucios, GSG-9 por Banco Central Europeo y daros cuenta que estamos en manos de los mismos sinvergüenzas de siempre, que prefieren recortar en educación a volar en turista, abolir la ley de dependencia a convertir a España en un estado laico de verdad, obligando a unas prebendas que vienen de cuando los reyes católicos (como si los otros no lo fueran). Invertid en educación, pero invertid tiempo, sobre todo.